Maldita zona de confort

Maldita zona de confort, que me deja sin tiempo para el servicio, sin ánimo para la ayuda y sin ganas para la iniciativa.

Maldita zona de confort, que me seduce y me enamora con tan poco, que conquista mis sensaciones y me anestesia la conciencia.

Maldita zona de confort, que me aleja de mis afectos, me quita salud, y me convence de que «mejor lo hago mañana».


Publicado originalmente en http://www.sttorybox.com/stories/6506-maldita-zona-de-confort

El espejo y el reloj

Creo que todo comenzó esa mañana que quedé hipnotizado con mis propios ojos delante del espejo. Esa mirada no era la misma, ¿dónde se me cayó aquella frescura de otros años? Es cierto que hacía mucho que no miraba mi mirada, pero fue solo en ese momento que lo noté.

Otra mañana de otro día, otro descubrimiento delante del mismo espejo. En mi pelo, sobre mi sien derecha, había un llamativo brillo tornasolado. Sonreí al encontrarme con mi primer cana, y como acto reflejo quise quitarla. Me costó dos cabellos legales sacar ese rebelde, pero lo conseguí. Como si fuera tan fácil recuperar juventud.

Anoche en la parada del colectivo, una chica de mi edad —o quizás algo más joven, pero no mucho— me consulta «Disculpe, ¿me dice la hora por favor?». Estocada fatal de esta faena que iniciamos con mi espejo. «Recién las diez» respondí.

Acabo de abrir mis ojos, y tengo miedo de enfrentar mi imagen. Voy a peinarme confiando en mi sombra en la pared, y esquivaré mi reflejo durante toda la jornada. Solo por hoy. Mañana, con ánimo más dispuesto, no temeré saludarme en el espejo y desearme «Felices cuarenta».


Publicado originalmente en http://www.sttorybox.com/stories/5999-el-espejo-y-el-reloj.

Una gran pérdida (2)

Pensaba que ya no había más escalones para bajar en mi depresión social después de haber perdido toda confianza en las instituciones del Estado. Después de todo, lo único que percibía desde aquellos que debían protegerme era solo inacción, indiferencia, desgobierno, y quizás lo más doloroso, impunidad. Pero una tarde fresca de mayo empecé a tener fe en que todo podría mejorar.

Había decidido matar los cuarenta minutos hasta el turno con mi médico yendo a un café cercano. Mientras esperaba mi cortado junto a la ventana hojeaba el diario que ya estaba en la mesa, sin detenerme en ninguna noticia. Escaneaba las páginas una tras otra, igual nada bueno podría encontrar. Y sucedió.

Desde la calle apareció un punto blanco bordeando mi campo visual, rompiendo el gris urbano de esa tarde fría. Al levantar la vista descubrí que era la gorra de un señor —a quien asumí como indigente por su indumentaria— que caminaba rastrero tirando un carro repleto de cartones. Lo seguí con la mirada, vi que posó su carro en la acera, y se agachó a levantar algo del suelo. Sin examinar mucho su hallazgo inició un trote corto persiguiendo a un caballero que caminaba apurado delante de él, más bien maduro, de elegante sobretodo gris, que mientras hablaba por su caro celular dejaba al descubierto un llamativo reloj dorado.

Cerré el diario y lo aparté de mi mesa sin quitar la vista de aquella escena. El individuo de la gorra blanca tenía toda mi atención. Llegó hasta su objetivo y con toda naturalidad tocó el hombro del sobretodo gris. Al girar el hombre de cabello entrecano , le entregó la billetera que se le había caído veinte metros atrás. Sorprendido gratamente noté que apresuró la conclusión de su charla telefónica para un agradecimiento dedicado y personal. Hizo el ademán de querer recompensar la honestidad del cartonero con algún billete de los que acababa de recuperar, pero este se negó —por los gestos que hizo— con una determinación que no daba lugar a insistencia.

Sin embargo el agradecido tuvo otra idea para mostrar su gratitud, y luego de que él mismo le pidiera a un policía, ubicado a pocos pasos, que vigilara el carro de su benefactor, cruzaron la calle y entraron juntos al café desde donde yo los observaba. La calidez interior del local provocó que, en el único perchero libre para los clientes, uno colgara su sobretodo gris y el otro colgara su gorra blanca encima de este. Curioso cuadro aquella gorra obrera sobre el elegante abrigo.

Se sentaron no muy lejos de mi mesa, decidí que era tiempo de darles intimidad, y me concentré en saborear mi cortado recién llegado. Me quedé pensando que aquel hombre recompensó con algo más que dinero el gesto del modesto trabajador. Le dio su tiempo, su atención, su compañía. Lo hizo sentir un par a quien puede invitar un café, y aun sin temas en común podrían compartir una mesa. La conversación saldría sola, como siempre pasa, y de ahí en más quién sabe, hasta una fecunda amistad podría haberse gestado en aquel café inesperado.

¿Qué tiene que ver esta anécdota con mi inicial pérdida de confianza? Quizás nada a primera vista. Pero habiéndome enterado luego por el mozo que el dueño de la billetera es un juez, puedo pensar que el sistema judicial no está perdido sin remedio. Y si aquel honesto trabajador de gorra blanca conoce y practica el valor de la honestidad, también descubro que nuestra sociedad no está desahuciada como yo creía. Y si escenas parecidas se repiten con otros tantos trabajadores íntegros y funcionarios sensibles ¿será posible esperar con optimismo un nuevo y más noble horizonte para la sociedad? Afirmo y sostengo que sí.

Aprendí mucho de aquella experiencia. Desde entonces, cada vez que el desánimo social quiere asaltarme, revivo mentalmente aquel cuadro simbólico de la humilde gorra blanca sobre el caro sobretodo gris. La comunión de esos personajes tan distintos y anónimos entre sí, me convenció de que el famoso cliché de «no todo está perdido» es tan cierto como cada latido de cada corazón de este mundo. Mi gran pérdida, al fin y al cabo, fue solo un momento de gran turbulencia. Era solo cuestión de elevarse más allá de los nubarrones para descubrir que, en definitiva, el calor del sol todo lo alcanza.

http://dailypost.wordpress.com/dp_assignment/writing-101-series-part-two/

Antes de dormir

Será por el gusto a las películas y novelas de terror que desde niño vi en mi padre, que desde siempre tuve una rara –o enfermiza– relación con lo misterioso, lo oscuro o lo tenebroso. Al apagar la televisión, y habiendo aplastando sobre el cenicero la última colilla, me zambullo en la oscuridad de mi cuarto para intentar dormir una vez más. En ese momento mis sentidos se agudizan para capturar miles de sensaciones que tal vez pasan desapercibidas para el resto de las personas. Realidades ocultas para la mayoría, pero que se manifiestan ante mi de manera natural, transformándose en vivencias cotidianas que, aunque ya no me sorprendan, todavía me provocan una incipiente taquicardia.

Una noche podrá ser la cortina translúcida que de manera espontánea comienza a mecerse sin ninguna corriente de aire, o tal vez esa sombra humanoide fugaz que va y viene proyectándose en la pared de los libros. En ocasiones, tenues luces que no logro identificar se filtran por debajo de la puerta, y sin lógica parpadean sin ritmo ni patrón.

Es un clásico el rechinar de maderas de los muebles de la sala, que como breves quejidos se hacen oír justo en el umbral de mis sueños. A veces creo escuchar un alarido muy lejano, pero siempre se superpone con ladridos desde el patio vecino. Jamás se repite en una misma noche, por lo que nunca logro distinguir si el grito es de un niño o de una joven mujer ¿o será simplemente un ladrido y nada más?

Entre despierto y dormido no es raro descubrir que algo –o alguien– me descubre quitándome las sábanas, ¿o soy yo sin darme cuenta? También en esta frontera de somnolencia sentí alguna que otra vez de manera repentina un extraño perfume agridulce que me despabila en el mismo instante que desaparece, ¿o es que lo sueño?

He aprendido a convivir con esto, y creo que no viviría en paz si así no lo hiciera. De vez en cuando me pregunto si mis percepciones crecerán, si alguna vez –lo quiera o no– llegaré a contactarme con espectros, fantasmas o espíritus ambulantes de alguna especie. Ojalá que no… aunque la verdad lo desconozco.

Cada noche, al apagar la última luz de mi departamento, mis ojos y oídos se predisponen a la diaria fiesta de la oscuridad que se organiza sin mi permiso en mi propio hogar. Ya recostado, cuando mis latidos comienzan a tomar fuerza, con una palmada al corazón tomo aire buscando inhalar valentía, y me susurro a mi mismo: «Tranquilo, es solo esta noche. Mañana será otro día».

http://dailypost.wordpress.com/dp_assignment/writing-101-style/

El Parque de las Cometas

Al principio lo escuché de alguien que también lo había escuchado de alguien. Era un rumor más de tantos, solo eso. Nunca creímos que podrían hacerlo y tal vez por eso todos estuvimos tan pasivos. Y al final vinieron, y nos lo robaron. Perdimos el Parque de las Cometas.

Por supuesto que ahora usted no lo va a reconocer, si hasta el nombre le cambiaron. Pero esos locales comerciales que ahora llaman “Paseo Los Álamos”, no tienen nada que ver con los partidos de fútbol, ni con las carreras de bicicletas, ni las kermeses familiares que organizaba la parroquia o la única escuela de aquellos años.

Ese parque era el corazón del barrio, y hacía real la metáfora irrigando vida durante todo el año al vecindario. Pero su punto más alto llegaba siempre con los vientos de agosto. Esa hectárea verde jamás tuvo un cable eléctrico que la atravesara, por lo que el cielo limpio que le regalaba a cualquiera que levantase la vista nunca mostró rajaduras… por lo menos hasta cuando se pudo. Bordeada por muchos más álamos que los pocos que hoy dejaron, era el escenario ideal para que se encuentren los chicos, sus papás, sus abuelos… ¡toda la familia a remontar cometas!

No podría creer usted lo que eran esos parches de colores tapizando el cielo los domingos de buen viento, mientras mamás y abuelas alentaban a los pilotos entre mates y galletitas. ¿Sabía que mi nene ganó una vez el concurso anual de vuelo? –bueno… “nene” en aquellos años–. Yo lo escoltaba esa tarde, pero le aseguro que jamás toqué su carretel, solo él lo administraba. Le dio más de 100 metros de hilo, «¡Y me sigue pidiendo más papá!», me decía sin sacar los ojos de aquel rombo naranja que fabricamos juntos en la mesa de la cocina.

De golpe escuchamos el silbato del juez de la competencia, que siempre era el cura párroco –aquel año estaba el padre Tadeo– , y sabiendo que no había rival teniendo tan alta su cometa, pegó un grito emocionado que aunque hoy yo use este audífono, en mi cabeza lo sigo escuchando con claridad cristalina. «¡Ganamos papá!», me dijo explotando de felicidad.

Cuando tuvo que bajar la cometa para volver a casa con sus premios –una biblia y una torta de la Liga de Madres–, no pudo evitar que los largos flecos de la cola se enredaran en uno de los álamos. Y durante toda esa primavera, aquel árbol parecía recordarle al barrio entero, con su medalla naranja, quién había ganado el concurso de ese año.

La biblia sé que todavía la tiene, pero a la torta aquella misma noche, entre carcajadas, la hicimos desaparecer de la mesa familiar.

http://dailypost.wordpress.com/dp_assignment/writing-101-voice-part-two/